Sergio Blardony
Selección de críticas
Por su parte, el compositor madrileño Sergio Blardony establece en CAGE SONata “Cuando el deseo calla y la voluntad descansa” (2019) un diálogo con John Cage, tomando del genio norteamericano no sólo su virtuosismo en la escritura instrumental (impresionantes, las dobles cuerdas por parte de Aguilera), sino ecos de las sonoridades orientales que tanto gustaban a Cage (como la de los cuencos tibetanos) y una inmersión en el pensamiento aleatorio del californiano que da lugar a un despojamiento del rol de poder del compositor en la propia partitura, que se abre progresivamente a que el violonchelista incluya otras composiciones (en este caso, dos fragmentos provenientes de la Suite para violonchelo Nº1 op. 72 (1964) de Benjamin Britten y de la Sonata para violín y violonchelo (1920-22) de Maurice Ravel). A mayores, un recitado apenas susurrado de frases de John Cage establece un marco reflexivo, meditativo y espiritual, cual ceremonial budista. Con partes plenamente determinadas por Blardony y otras que, desde puntos que el madrileño explicita para incluir entre las acciones del intérprete, CAGE SONata es una obra de densa polifonía, al sumar todas estas fuentes acústicas, a pesar sus asomos de levedad, tanto en las resonancias de los cuencos tibetanos como en las fricciones en armónicos del arco, o en los ecos infantiles que aquí aporta Britten. La interpretación de Juan Aguilera es de muchísimos quilates, en una partitura que transciende lo puramente violonchelístico para, desde su despojada respiración, abrazar todo un artefacto camerístico que va del violonchelo a la percusión y a la voz, pasando por algo tan cageano e importante (también para Blardony) como el silencio.
Brillante final
Terminó el concierto con «El sueño de Ybd’laron», brillante página en la que Blardony plantea un progresivo acceso a la definición formal a través de tres secciones.
En «Sueño de piedra» (2020), estreno absoluto y encargo del CNDM, Sergio Blardony demostró una vez más la visualidad plástica de la que gozan muchas de sus obras. En las rugosidades de la percusión –excelente, Elio Marchesini [Divertimento Ensemble]– y también en el flujo agitado de toda la composición pareció percibirse un pulso constante que mueve con solvencia e interés todo el armazón de un compositor que siempre demuestra tener una idea clara que compartir con el oyente.
La interpretación se realizó con todas las garantías de los estupendos músicos de la Orquestra de Cadaqués y con la participación de la actriz Mercè Arànega en los recitados. Ella misma tuvo a su cargo los textos del estreno de «De ahí, la soledad», de Sergio Blardony, para similar plantilla instrumental de cámara, una obra muy bien escrita sobre poemas de Pilar Martín en un diálogo tonal-atonal vital, con pinceladas, incisos, comentarios musicales y elaboradas tensiones en el discurso que muestran a un joven compositor con riqueza de ideas y buen oficio.
La obra de Sergio Blardony es, quizás, la más interesante de las cuatro. Utiliza el conjunto instrumental, contratenor y recitador, para ilustrar las breves poesías japonesas denominadas «haikus» (o «jaikus»), de tres versos («Luna creciente / y en perfecta armonía, / un ruiseñor»). Cuatro movimientos, cada uno dedicado a un momento del día, alternando el canto y la recitación. La música intenta acompañar a las poesías, a la vez que crear mundos sonoros, de la misma manera que los poetas japoneses reducen a tres versos la plenitud de un momento perfecto. Música, por tanto, concisa, muy cuidada, en la que nada es superfluo.
«Nadie recuerda tan poca luz a estas horas», repetía a modo de mantra la inquietante voz de la narradora, sobre un fondo de atmósferas sombrías y llenos orquestales apoteósicos. Era el estreno absoluto de «La trayectoria de la sombra». Una obra de carácter sinfónico, de gran formato, de 25 minutos de duración, con una enorme carga trágica impactantemente expresada por la Joven Orquesta Nacional de España. La Jonde, a las órdenes de José Ramón Encinar, con un ajuste soberbio, imprimió a la obra de Sergio Blardony un dramatismo desbordante, resaltando unos textos lúgubres [de Pilar Martín Gila], bien nutridos de anáforas. Recurso estilístico que contribuyó a una cohesión interna magistral en esta gran obra, compuesta por encargo de la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas y la Fundación Autor. Compositor y orquesta recogieron el aplauso encendido del público. […]
[…] Por último, pero no por ello menos interesante, éramos testigos de la interpretación de la obra Un soplo que vacía el pecho de Sergio Blardony sobre textos de Pilar Martín Gila. En esta, se nos presenta en un panorama puramente musical un elemento simbólico evidente: el rugido de un león, que se escucha mientras el cuidador del zoo intenta salvarlo de la guerra humana. Esta obra creó una atmósfera única e intimista, que paralizó por completo al público por su profundidad y crudeza.
La electrónica fue también el vehículo empleado por Sergio Blardony para su Ese es el interior, composición bien elaborada, minuciosa, contrastada, de irisaciones atractivas, de curso bien medido y de refinada elaboración. […]
Sonó luego «Il suono dil sonno» de Sergio Blardony, obra reciente (2006), para el mismo conjunto de doce saxofones, pero con nutrida percusión, a cargo de dos músicos. Como lo insinúa el título, se trata de música ensoñada, casi siempre lenta, con ricos matices sonoros y dinámicos. Hay pasajes que son ‘sentimentales’ -a su manera, por supuesto- y en un instante hasta suena un acorde perfecto. No cabe duda que el compositor busca un clima efímero y lo encuentra. La diferencia con la obra anterior es total: dos diferentes estados de ánimo que cada uno retrata a su manera, lo que demuestra que en la música contemporánea hay una riqueza inagotable. He aquí ejemplos elocuentes que lo demuestran.
Con nueve ediciones ya celebradas, el premio para jóvenes compositores de la Sociedad General de Autores y Editores, se ha asentado como el más prestigioso escaparate de nuevos valores de la composición.
La obra ganadora, «Jaikus de luz y de sombras», utiliza efectivamente veintiseis breves poemas japoneses, que fueron recitados y cantados por la atractiva voz del contratenor Flavio Oliver. Es una hermosa pieza de unos veinte minutos de duración que, pese a estar construida por yuxtaposición de instantes musicales (el subtítulo es instantes japoneses), logra una clara coherencia interna, gracias a la admirable intuición tímbrica de su joven autor. El color instrumental es, en efecto, el que mantiene la tensión expresiva de la obra y es también el que da carácter personal al lenguaje de Blardony.